
Somos lo que soñamos ser. Y ese sueño no es tanto una meta como un motor. Un motor que en su día nos enseñó a caminar para después aprender a correr, a hablar para aprender a pensar, a abrazar para aprender a querer. Como el gusano que un día se convierte en mariposa, cada día alumbra una metamorfosis. Tropezamos, caemos, y nos levantamos para seguir andando por el camino de la vida. Cada día la vida empieza de nuevo.
La vida es un acto de resistencia: vivimos y resistimos, al calor y al frío, a lo previsible y a lo imprevisible, a lo conocido y a lo desconocido, a las sonrisas y a las lágrimas. Pero todo se sostiene en la memoria. Somos lo que fuimos, somos lo que recordamos, somos lo que hemos vivido, la memoria es nuestro hogar nómada. Y los recuerdos siempre nos acompañan, allí donde estemos, allí donde vayamos.
A veces aparece una lágrima, reflejo de una tristeza provocada por el hecho de perder algún recuerdo que queremos. Esas fotos imprescindibles en el álbum de la vida. Lloramos porque duele separarse de lo que uno quiere, de las personas que nos ayudaron a crecer, que nos acompañaron a lo largo de tantos años, que nos dieron la mano en el paseo por la vida. Por eso, hay una clase de melancolía que no se atrapa, que no desaparece, que nunca muere. Una melancolía que te sigue, que te persigue, que resiste a viento y marea. Y en esa melancolía, como espuma en las olas, se alzan los sueños.
(autor desconocido)