¡Cómo arden los nudos! Los nudos en la garganta, en la boca
del estómago. Se hace un nudo en mi pecho y recorre mi cuerpo como en un
torbellino de emociones y se transforma en lluvia en mi alma, y se desliza por
mis mejillas. Arde el dolor del alma en el cuerpo, y nos cierra los ojos con
fuerza, pero involuntariamente.
Hoy no quiero más que llorarte, con estas lágrimas ácidas que me deshacen por dentro, cuando saladas las siento llegar a mi boca. A vos, al que no sos, a mí y a mis miedos. Y una vez vacía de ese peso líquido estancado en mis ojos y mi pecho, con valor y determinación, salir a luchar. A romper barreras de bruma imaginaria. Esas que no existen sino en nuestra voluntad muerta de avanzar.
Basta. De verdad basta.
Quiero estar rodeada de colores claros, que iluminen. Y que al verlos tus ojos se reflejen en ellos, cristales oscuros y frágiles que incrustan rayos transparentes en mis pupilas dilatadas, y que yo misma sea capaz de percibirlos para que en mí despierten un amor inmenso hacia adentro. Que ese amor me recorra cada fibra, como un elixir que se desparrama por cada célula, y que se expanda, hasta ya no caber adentro, y estalle y salpique a cada persona que me rodea.
Sólo así, con ese amor interno y externo, podré endulzar esas gotitas que ruedan por mis rostro para recordarme que nuestro yo, espíritu, toma contacto con la realidad a través de nuestro yo, cuerpo. Para recordarme que acá estoy, sentada pensando, que tengo la posibilidad de ver, observar, de llorar y cantar, de hablar incoherentemente, de soltar risitas tímidas y carcajadas desvergonzadas, de gritar con el puño cerrado, con la voz ronca y carraspeante, y apretar los dientes de rabia, para después calmarme y sonreír tibiamente hasta que la frescura de la paz me alcance en minutos enteros de risas. Que acá tengo mis manos para acariciar la piel, la tuya y la mía, para hacer cosquillas y para presionar tu pecho contra el mío cuando duela. Que mis brazos son tan largos como tus lunas lo necesiten. Que mis pies son incansables cuando se trata de alcanzarte. Que mi corazón, que sus latidos. Que el aire que entra en mí y me infla los pulmones y me hace sentir viva.
¡Ah, esas gotitas! Me recuerdan que acá estoy para vos, y acá estoy para mí.
¡Esas gotitas! Voy a transformar su sabor, no cuando pasen por mi lengua, sino desde que se forman, en los nudos. Nudos que no ardan, que quemen… pero de felicidad.
Hoy no quiero más que llorarte, con estas lágrimas ácidas que me deshacen por dentro, cuando saladas las siento llegar a mi boca. A vos, al que no sos, a mí y a mis miedos. Y una vez vacía de ese peso líquido estancado en mis ojos y mi pecho, con valor y determinación, salir a luchar. A romper barreras de bruma imaginaria. Esas que no existen sino en nuestra voluntad muerta de avanzar.
Basta. De verdad basta.
Quiero estar rodeada de colores claros, que iluminen. Y que al verlos tus ojos se reflejen en ellos, cristales oscuros y frágiles que incrustan rayos transparentes en mis pupilas dilatadas, y que yo misma sea capaz de percibirlos para que en mí despierten un amor inmenso hacia adentro. Que ese amor me recorra cada fibra, como un elixir que se desparrama por cada célula, y que se expanda, hasta ya no caber adentro, y estalle y salpique a cada persona que me rodea.
Sólo así, con ese amor interno y externo, podré endulzar esas gotitas que ruedan por mis rostro para recordarme que nuestro yo, espíritu, toma contacto con la realidad a través de nuestro yo, cuerpo. Para recordarme que acá estoy, sentada pensando, que tengo la posibilidad de ver, observar, de llorar y cantar, de hablar incoherentemente, de soltar risitas tímidas y carcajadas desvergonzadas, de gritar con el puño cerrado, con la voz ronca y carraspeante, y apretar los dientes de rabia, para después calmarme y sonreír tibiamente hasta que la frescura de la paz me alcance en minutos enteros de risas. Que acá tengo mis manos para acariciar la piel, la tuya y la mía, para hacer cosquillas y para presionar tu pecho contra el mío cuando duela. Que mis brazos son tan largos como tus lunas lo necesiten. Que mis pies son incansables cuando se trata de alcanzarte. Que mi corazón, que sus latidos. Que el aire que entra en mí y me infla los pulmones y me hace sentir viva.
¡Ah, esas gotitas! Me recuerdan que acá estoy para vos, y acá estoy para mí.
¡Esas gotitas! Voy a transformar su sabor, no cuando pasen por mi lengua, sino desde que se forman, en los nudos. Nudos que no ardan, que quemen… pero de felicidad.